El paraje

Un viticultor trabajando una cepa sobre el suelo de grava

Donde todo es singular

Finca La Hoya es mucho más que una manera de entender la tradición: es un espacio donde el maridaje entre tierra y aire abandera lo peculiar. Un ambiente donde uno siente que algo diferente está a punto de suceder.

Un norte propio para entender, disfrutar y preservar el paraje. Es necesario pisar su grava, escuchar al viento y calentarse alrededor de sarmientos. Solo entonces habremos sido partícipes de lo particular de nuestro entorno. Y eso solo puede vivirse en un paraje singular.

Panorámica del viñedo en otoño con la sierra al fondo

Donde todo nace

A la falda de la Sierra de la Hoya y Morachuelas, Finca la Hoya es un paraje rural del sureste español, de gran valor medioambiental, situado entre las provincias de Murcia y Alicante. En él cuidamos, mediante prácticas de agricultura ecológica, nuestras variedades de uva autóctonas: Monastrell y Garnacha.

Un paraje singular como semilla para cualquier producto, servicio o idea que crezca en él, gracias al cuidado de la tradición, a la apuesta por la sostenibilidad y al empeño de una familia en maridar memoria y relato.

Un olivo centenario entre las cepas

Donde todo crece

Las Terrazas, la Solana y el Socaire son las raíces de nuestros vinos. Las características de cada uno de estos terrenos, su edad y su adecuación a los condicionantes del entorno convierten este espacio en un relato vivo sobre la tradición y, por supuesto, el vino.

Cada rincón nos enseña la relación entre el hombre y el paraje a través de sus multicultivos. Una biodiversidad que, rodeada de almendros, olivos y panales de miel, adereza la riqueza de un paraje vivo que no solo vive para el vino.

Racimo de uva Monastrell madurando en la cepa
Cepa vieja en reposo invernal sobre suelo de grava
Hileras del viñedo con las hojas cambiando de color en otoño
Cajas con la uva recién vendimiada

Todo tiene una historia que contar

Visitar el paraje Finca La Hoya no es solo acudir a una bodega, pasear por un viñedo o degustar una cata. Es estar cerca del productor y escuchar sus historias. Es sentir que uno deja poso en el relato que esas tierras contarán después, porque esa es la única manera de mantener viva la tradición oral.

Una historia que arrancó en 1972 y que crece y se expande de la mano de cada una de las generaciones que han decidido aportar y cambiar para contar que aquí todo cuenta.

En 2016 recuperamos la historia para que el fondo siguiera siendo el mismo: no alterar la esencia de un paraje, para que en él pudieran contarse muchos más pasajes. Y así, tras más de un siglo de vida, las paredes de nuestra bodega vuelven a rezumar vino.

De apenas setenta metros cuadrados, la estancia principal recoge la esencia del paraje a través de la antigua prensa de hierro forjado, los depósitos de cemento y el lagar de piedra, que muchos vinos tiene que contar.

La antigua bodega de la finca, de paredes encaladas y tejado de teja árabe

Una historia solo se olvida cuando se deja de contar.

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